—Hernan Perez, dijo el de Villena dándole con el codo.

—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero.

Apenas se habia retirado el demandadero, cuando se dejó ver en las puertas del salon, precedida de dos dueñas vestidas de negro, una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el rostro. Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos: examinaban detenidamente sus contornos, por ver si descubrian quién fuese la que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente hasta los pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que su alteza le diese licencia para hablar.

—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me habeis prevenido que hoy nos las habiamos de haber con fantasmas? Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente: ¿sabeis quién sea esta dolorida?

—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su presencia te incomoda, señor, harásela salir.

—Es muger, condestable, y su manera de presentarse encierra algun misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique, alzad, y declarad qué causa estraordinaria os fuerza á venir de esta manera.

—¡Justicia, señor, justicia! esclamó con doliente voz la arrodillada dama.

—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de Castilla negó justicia á nadie.

—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con notable inquietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda que iba á hacer, señor, un crímen se ha cometido en tus dominios, en tu villa de Madrid, en tu propio palacio.

—¿Un crímen?