—Un crímen, y crímen destinado á quedar impune. Los poderosos que rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor los que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña María de Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada...

—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado.

—¿Los autores, señor? Uno hay no mas, y ese no corre los campos fugitivo á esconder como debiera debajo de la tierra su insolente rostro; ese se ampara en tu misma corte. Ese nos oye.

—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes. Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar mas de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo semblante habia desaparecido su natural serenidad desde el momento en que habia columbrado el sentido de las palabras de la dama, la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija del interes que le convenia aparentar por el descubrimiento del perpetrador del asesinato de su esposa.

—Hernan, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que siguió á las últimas palabras de la tapada, Hernan Perez, ¿qué quiere decir esto?

Hernan Perez estaba tan inquieto como el conde; por una parte creía que la tapada no podia ser otra que una persona que muy de cerca le tocaba. Su voz aunque disfrazada, le habia hecho un efecto singular: por otra parte no podia concebir que se diese tal paso sin su noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero no desmiente nunca su fidelidad.

—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus beneficios...

—Nombradle, dijo el rey, nombradle.

—Sí, añadió con voz trémula el de Villena echando el resto á su mal sostenido disimulo, ¿quién es?

—¡Vos! respondió una voz tonante, vos.