—¿Yo burlarme, señor escudero: pésia mi alma? Para burlas estamos por cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitacion. Entrad vos mismo y lo vereis.
Abrió Hernan Perez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al presentarse él á Elvira, que con afectuosas palabras
—Esposo, le dijo, cuán mal lo haceis conmigo; vos teneis secretos para mí, vos pasais los dias enteros lejos de mí: hoy, sobre todo, me habeis dejado sola, y sabeis que no tenia ya la compañía de la condesa...
—Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabeis que... Pero nunca pudo decir mas el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí, pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra parte la dama enlutada habia quedado en palacio.
—¿Qué teneis? ¿Traeis alguna mala nueva?
—Sí por cierto, contestó mas repuesto Hernan Perez: os traigo la de que me he vuelto loco.
—Muy cuerdo lo decís.
—Jurára que os habia visto en otra parte...
—Puede...
—¿Cómo? ¿puede...?