—Tantas veces me habeis dicho que no me separo un punto de vuestra imaginacion, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no es cierto?
—Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero esta mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estais aqui...
—¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazon en la mano... ¿Quereis que salga efectivamente...?
—No, no es eso; es, es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.
—Lindo humor traeis, esposo. Si hubiérais perdido una amiga, si os persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho: un crímen se ha cometido, y el criminal está impune...
—¿Qué decís? ¿oís vos esa voz?
—Os digo que no puedo desechar de mi imaginacion que esa pobre condesa ha sido malamente muerta, y que una persona...
—¡Silencio! gritó con terror Vadillo.
—¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado.
—¿Qué habeis soñado?