—Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea... no sé qué efecto...
—Contad.
—Nada: soñé que habia estado en la corte no sé por qué accidente, y que una dueña enlutada se habia aparecido á pedir justicia...
—Proseguid, dijo temblando Vadillo.
—Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á abrazarla y...
—¿Vos?
—Yo, y me rechazó: “Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no la ves correr aun?” Un chorro entonces pareció salpicarme toda y temblé... Pero ¡Dios mio! vos temblais tambien.
—No.
—Sí.
—Bien; sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si habrá muerto efectivamente la condesa: ¿seria capaz conde...? ¡Que horror! Por otra parte conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Yo he sido cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podia ser sino la sombra misma de la condesa. ¡Jesus! ¡Jesus! ¡Vírgen Santísima! gritó Vadillo fuera de sí.