—Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabeis que empiezo á temer que sea cierta la pérdida de vuestra razon...? Contadme por Dios...

—Nada; imposible: en dos palabras: ¿vos no habeis salido?

—¡Qué pregunta!

—¿No saldreis?

—¡Qué aire!

—A Dios, Elvira, á Dios. No me espereis hasta la noche. Asuntos de importancia me llaman al lado de don Enrique...

—¿Os vais? ¿Para eso habeis venido? Mirad...

—Bien sé que me quereis, que me sois fiel; soy un loco... pero... la condesa... ya sabeis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra presencia me hace mal.

Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la cual quedó sollozando en un sillon con el page al lado.

—Esto es mejor, dijo el page. ¿Llorais de veras?