—Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las consideraciones del mundo...
—¿Cómo? ¿Lo decís porque teneis que agasajar y poner buen semblante á vuestro esposo?
—¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te ha dicho eso? es mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar sino á él; ¡es tan bueno!
—Pues entonces, dijo el page, no os entiendo: yo por mí, si no os viera llorar, ahora me reiria, soltaria la carcajada.
—¿Por qué? ¿Por que una circunstancia desgraciada le ha puesto en el caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Por que una muger tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo, se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño ten lástima siempre al engañador, que en realidad ese es el mas risible, y ese es acaso realmente el engañado.
Despues de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pagecillo.
—Mira, Jaime, si va lejos ya Hernan Perez.
—Tan lejos que no le alcanzaria el mismo Hernando, que no hay corza que no alcance.
—Vamos, pues, page; no hay tiempo que perder: ya tienes tus instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás?
—Como la muerte, respondió el page. Dichas estas palabras, Elvira y el page pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con ellos.