—Apreté los hijares al caballo: cuando llegué, la música habia cesado, pero un hombre que rodeaba el muro esterior, y que á la sazon se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...

—¡Vadillo!

—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le acometí.

—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿era el músico?

—Sin duda, puesto que por alli otro alguno no se veía.

—¿Se defendió?

—Trató de defenderse, y trató de hablar pero mi venablo no le dió el espacio que él quisiera. Le disparé, y cayó.

—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.

—Apeéme del caballo para reconocerle, pero fue imposible: habia llovido, y él cayó en el fango: mi venablo le habia pasado por la frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad ademas y mi turbacion no me permitieron conocerle. Figuréme sin embargo que no debia de estar muerto aun, pues latía su corazon y se quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del montero que se habia adelantado conmigo: respondióme de su seguridad. Fui á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador.

—¡Ah! ¿No sabeis aun quien sea?