—Manda, señor, á tu escudero.
—Bien, pues yo confio á vuestro talento esa intriga: si el nigromántico lo sabe, os lo dirá; sino ved de tocar siquiera esa sombra, que como la toqueis, y como ella ofrezca cuerpo y resistencia, añadió riéndose don Enrique, podeis estar seguro, no quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí de que es persona; y á ser hombre como parece muger...
—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la esperiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he tenido tan rara, tan estraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos, señor...
—Vadillo, os he visto pelear; sé que teneis valor. Conozco por otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una preocupacion es mas fuerte que cien ballesteros.
Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo; donde le esperaban acontecimientos mas estraordinarios cien veces que los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á las intrigas que debia preparar el nigromante, y lo otro porque entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que debia tratarle con mas amistad y consideracion que nunca. No debia faltarles tampoco que hablar desde que don Enrique era maestre, desde que iba á ser Hernan Perez caballero, y desde que el singular duelo de la mañana habia venido á complicar tan estraordinariamente los negocios y los intereses de los principales personages de nuestra verídica historia.