—Su ruina, sí, repitió Guzman, su ruina. Hoy ha llevado un golpe que tarde ó nunca se reparará. Varios de vosotros lo habeis oido. Escuchadlo los demas con espanto y con indignacion. No se espera ya á que los caballeros de la orden, reunidos en su capítulo, pongan á su cabeza, movidos de justas razones, al caballero mas perfecto, mas esperimentado en las lides, mas prudente en los consejos. No: un rey por sí y ante sí, atropellando nuestros mas sagrados derechos, eleva á la dignidad que mil hechos heróicos, que una larga vida de virtudes bastan apenas á merecer, ¿á quién? á un hombre cuyo penacho no sirvió nunca de guia á los valientes en una batalla, á un hombre que nunca dió el primero ni oyó resonar en torno suyo el grito de ¡Santiago cierra España! Á un hombre que ha trocado la lanza por la pluma cuyo campo de batalla es una mesa cubierta de inútiles pergaminos; que no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo que llama él rimas. Á un hombre, caballeros, de quien con fundada razon se dice que tiene inteligencia con los espíritus, y que...

—¡Qué horror!

—Oidlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ese es el hombre que nos destinan por maestre: un afeminado cortesano, un intrigante ambicioso, un rimador, un nigromante en fin...

—¡Fuera, fuera! gritaron á una los caballeros, cuyos ánimos iba templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la pasion que dominaba en el comendador.

—¿Lo sufriremos? continuó don Luis, como una piedra que caida de una altura desmesurada sigue rodando largo espacio despues de llegada al llano, ¿lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro á Santiago de no dormir desnudo y de no comer pan á la mesa mientras que vea la orden á su cabeza al... al... ¿para qué callarlo en fin? al asesino de su esposa.

No necesitaban ni tanto ya los caballeros reunidos en casa del comendador para acabar de perder la poca sangre fria que les quedaba. La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada en medio de un monton de estopa seca. Veíase lucir en todos los semblantes la misma animacion que en el de Guzman; todos provocaban y escitaban mútuamente su cólera con la relacion de las ofensas que en aquel momento se figuraba cada cual haber recibido ó del rey Doliente ó del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon largamente las calidades del conde de Cangas. Habia quien lo habia visto horas enteras evocando los manes de los difuntos en un cementerio en compañía del judío Abenzarsal; habia quien le habia visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer á los ojos de los circunstantes; y hasta se llegaba á probar que habia estado en mas de una ocasion en dos partes opuestas á un mismo tiempo: lo cual, como convinieron todos, no podia obrarse sino por arte del demonio, si se atiende á que cada uno no suele tener en el mundo mas que un cuerpo; ahora bien, era cosa sabida que el demonio no hace nada de valde, circunstancia que podria hacerle pasar perfectamente por escribano ó agente de negocios; de lo cual era forzoso inferir que don Enrique le habria vendido su alma, si bien no habia entre tanto ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas que al demonio le podian resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto mas cuanto que á todo tirar no era realmente de las mejores.

Quedó sin embargo establecido por punto general; primero, que don Enrique habia sido, era y seria eternamente nigromante por pacto con el demonio: segundo, que habia sido asimismo, era y seria eternamente el asesino de su esposa, lo cual habia de ser irremisiblemente cierto, mas que no hubiese tal demonio, ni tal esposa muerta, cosas para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas.

Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa el resolver la deposicion del maestre: esto en verdad ofrecia mas dificultades, pero la imaginacion las superó; convínose primeramente en que don Luis de Guzman quedaria en la corte para esponer reverentemente á su alteza que los estatutos de la orden de Calatrava determinaban que solo pudiese ser nombrado el maestre por eleccion de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para ganar tiempo mientras se recababa de su alteza la revocacion del nombramiento ilegal, saldrian varios de los caballeros presentes en calidad de emisarios á los diversos puntos donde habia fortalezas y castillos de la orden para evitar que se reconociese y prestase juramento de pleito homenage al conde de Cangas. Uno sobre todo debia ir y declarar al clavero de la orden residente en Calatrava que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese desempeñando las funciones de maestre, lo cual ademas le suplicaban rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedia á la eleccion del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado.

No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer los caballeros habian hecho voto solemne de llevar adelante su empresa, mientras que estuviese pegado el puño de la espada á la hoja, y mientras que corriese una gota de sangre por las venas: todos habian ofrecido al santo de su devocion el don que les parecia mas grato á sus ojos, y se habian separado, despues de conferidos poderes á cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que llamaron capítulo estraordinario, y al cual supusieron igual poder que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las circunstancias en que se habia celebrado.

Verdad es que tampoco se habia dormido don Enrique de Villena, á quien no se le ocultaba que podria encontrar una enérgica oposicion en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habian pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual providencia enviando á Calatrava á Alhama, y á otros puntos emisarios que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en ningun caso ser contraria á la eleccion de su alteza la eleccion del capítulo, que bien sabia él que se necesitaba para la tranquila é indisputable posesion del apetecido maestrazgo.