—Sacad la espada...

—¿Osado y descortés?

—Sacadla.

—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos. Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...

—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo: ¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que hablaros: salgamos.

—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon.

—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos!

Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor. Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, y su larga ropa crugía barriendo el pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro alcázar, que recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas nuevas que sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor.

Fin del tomo segundo.