—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la tapada con ánimo al parecer de descubrirla.
—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole al mismo tiempo el brazo del doncel.
Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado de rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla de una mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan Perez con el doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido precipitadamente,
—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.
—La he de seguir, esclamó el hidalgo.
—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora...
—¿Y con qué derecho...?
—Con el de la fuerza.
—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel...?
—Yo mismo.