—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...

—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem!

—Si; pero esa puerta se cerrará...

—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo desgraciada?

—Señor Hernan Perez, dijo á este tiempo la conocida voz del astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitacion, y daré satisfaccion á vuestras preguntas.

—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez la mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia.

El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone mas pavor en el corazon del asustado marinero que el que produjo en el pecho del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba desconocer.

—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido balído de la inocente oveja.

Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel tutelar de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla de todo riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, ¿quién es esta enlutada?

Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le respondió por último, permitid que no descubra á nadie este secreto que se me ha encargado y menos á vos...