—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira! Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame.
—Elegid, caballero, lo que gusteis, esclamó Elvira fuera de sí, y haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? ¿Olvidais que no puedo ser vuestra nunca jamas?
—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese hidalgo.
—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo...
—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira, ¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme os amo, y nada mas.
—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo usais, y que este encuentro, casual sin duda, en la habitacion del astrólogo, merece de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamas le traspasareis.
—¡Jamas! ¡Dios mio!
—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí; os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo...
—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el doncel con toda la amargura de la desesperacion.
—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.