—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?
—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad.
—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino vos? ¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?
—¿Yo?
—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? ¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?
—¿Yo?
—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, y bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á leer en ellos.
—Santo Dios, ¿qué decís?
—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? ¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; ¡con amor!
—¿Pero Macías, delirais?