—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.

—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? ¿qué haceis? Huid, huid ahora que os conozco.

—¡Cruel! ¿por qué?

—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...

—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo.

—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo precipitadamente su mano.

—¡Elvira!

—¡Silencio!

—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no quereis que muera á vuestros pies.

—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué exigís de mí?