No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su espectacion aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres imágenes la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa y antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad parecia querer desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin duda su intranquilo sueño.

—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un mismo tiempo me dominan?

Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la muerte...

—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, la vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando Macías á tu lado?

Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el antifaz.

—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de no descubrirla.

—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un fuego desconocido corrió por sus venas.

—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero, cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.

—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No llameis á nadie: señora, ¿qué temeis?

—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?