—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un lobo he cogido al alzapie.
—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides de montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.
—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de Dios. Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado pudiendo cazar.
—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme nunca una buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entre tanto no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido se está.
—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso era enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta prediccion del astrólogo que la pasada.
Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el objeto de su supersticiosa visita.
La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino no ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar sentado trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el aburrido caballero se creyó solo por consiguiente.—No está, dijo para sí; le esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle en su primera sospecha.
—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en esta habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...? pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie!
La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa dormida: su ropa la cubria enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el torneado y escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no la hubiera hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse todavia á fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. La agitacion de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada forma de su seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda, y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro, por la cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago mas prolongado suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del ansioso espectador una porcion del cielo que dejan á descubierto los intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo plateado.
El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la dicha de su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel tan deseado rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.