—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese astrólogo?
—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, estaré en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.”
—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!
—¿Por qué, Hernando?
—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel.
—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa suerte.
—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el venado contra el cual disparo mi venablo.
—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?
—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la bestia.
—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas el ingenio que la fuerza.