En los primeros dias habia esperado Elvira á que Fernan la hablase del acontecimiento que le habia reducido á aquel término, y lo habia esperado con ansia y con temor, pero en valde. El hidalgo, fuese por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una esplicacion en que él no podia hacer todavia el papel de acusador, guardó el mas rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle á Elvira que lo mejor que podia hacer era aventurar alguna pregunta; pero igual suerte tuvo su arrojo que su espectativa. No solo no consiguió ninguna esplicacion satisfactoria en este punto, sino que habiendo conocido que toda conversacion relativa á la noche del duelo alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna curiosidad. Creyendo el hidalgo tambien que su esposa le negaria haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables seria mas bien espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar mas escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, la intencion decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasion y pretesto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que habia aborrecido en su vida, y que habia aborrecido como se aborrece cuando no se aborrece mas que á uno.
Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernan Perez restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. Su semblante dejaba ver todavia la huella de la enfermedad.
—Hernan Perez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido ya dejar el lecho? Debiérais recordar sin embargo que vuestra salud es harto importante para vuestro señor, y no esponerla con tan temerario arrojo á una recaida peligrosa.
—Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquellas que hizo la lanza ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse facilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan sino de una sola manera.
—¿Qué decís? ¿Será que por fin os habreis decidido á abrirme francamente vuestro corazon? contestó don Enrique. ¿Será que querais esplicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo singular, cuyos efectos se ven todavia en vuestro rostro, y de esa reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aun mas indelebles y duraderas?
—Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que agovian á tu escudero.
—Quiero no darme por ofendido, contestó friamente Villena, de vuestra inconcebible reserva.
—Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia, que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.
—Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que os será concedida.
—No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo podrá decir impunemente á un hidalgo: “No ha lugar á pactos entre nosotros, pues no eres caballero.” Ármame, señor. Si mis largos servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que fui admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado, no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los mas grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñé los deberes de la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si fue siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de mi valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si no bastan mis méritos, básteme esa hidalguía, de que en valde blasono si puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero.