—Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que habia acabado su peticion el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra demanda en esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar, mal pudiera negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor.
—Guarde el cielo, señor, tu grandeza...
—Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero decidme, ¿qué causa en esta ocasion mas que en otra...?
—Tu honor y el mio. Has sido calumniado, atrozmente calumniado; porque tú me digistes, señor...
—Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo, que podeis, fiado en la justicia de mi causa...
—Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu causa es justa, la victoria es segura.
—¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Fernan Perez? Quédame, sin embargo, una duda; duda que en obsequio vuestro quisiera desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazon: decidme, no teneis alguna otra causa que os mueva...
—Señor...
—¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías en el soto... y del arrojo con que os adelantásteis en la corte á alzar el guante al punto que vísteis ser él el mantenedor de la acusacion, sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas...? Hablad...
—Acaso las hay. No lo niego.