—Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible; ¿seria cierto que tuviéseis zelos...?

—¿Zelos, señor, yo zelos? Esclamó Fernan con mal reprimido amor propio. ¿Quién pudo decir...?

—Nadie, Fernan, nadie: yo solo soy el que he creido en este momento...

—¿Vos solo? si supiera...

—¿Y bien? ¿A mí por qué no descubrirme...? ¿Vuestra esposa sin embargo...?

—Basta, señor: no hablemos mas en eso. ¡Mi esposa, Dios mio! ¡Mi esposa! Si mi esposa pudiese faltar...

—¿Qué es faltar, Vadillo?

—Si pudiese tan solo con su pensamiento empañar la mas pequeña porcion de mi honor, no necesitára yo castigar á ningun atrevido, ni que me armára nadie caballero: dagas tengo aun: la última gota de su sangre, la última no seria bastante indemnizacion de tan insolente ultraje. ¡Elvira, á quien amo mas que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!

—Sosegaos, Vadillo: nunca fue mi propósito ofenderos, pero pudiérais, sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...

—Jamas, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi esposa, ¿viviria aun, viviria? contestó el hidalgo pudiendo disimular apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.