—Entonces, pues, ¿qué ofensa...?
—Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor, de una victoria pronta y segura.
—Sea, contestó don Enrique, como lo deseais. Mañana os la conferiré. Mañana juraréis en mis manos defender su fé, el honor y la hermosura.
Despues de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde de Cangas, y se retiró á esperar, con mortal impaciencia, el nuevo dia que habia de poner término á todas las esperanzas que contentaban por entonces su ambicion.