Fernan Perez de Vadillo no podia menos de dar á su nueva dignidad la importancia que en aquellos siglos tenia. Todo aquel dia empleó en los preparativos de la ceremonia solemne que se preparaba para él. El condestable Ruy Lopez Dávalos quiso ser su padrino, y obtuvo que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero mayor de su alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personage bastante calificado para que la dignidad que iba á conferir á su escudero llamase la atencion de la corte. Su posicion ventajosa, en aquel momento mas que en otro alguno de su vida, le granjearon la asistencia á aquel acto, y la cooperacion de las primeras personas de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó á oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para ella la capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla tambien desde una tribuna á pesar de sus dolencias. El candidato ayunó aquel dia, conformándose con los usos establecidos: revestido de una larga túnica cenicienta, verdadero trage de su clase de escudero, asistió á la comida que dió don Enrique de Villena á los que debian presenciar la ceremonia. El candidato, colocado aparte en una mesa pequeña mientras los demas comian en la principal, permaneció en ella servido por donceles del conde su señor; pero este, escrupuloso observador de la etiqueta, le intimó al sentarse que no podria hablar ni reir durante la comida, ni aun llegar bocado á los labios. Concluida esta ceremoniosa comida, fue llevado el candidato por sus padrinos, acompañado de los demas concurrentes, y seguidos de gran número de juglares y ministriles, que tañian gran variedad de instrumentos y cantaban baladas alusivas al acto que se preparaba, á la capilla del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le hacia merced su señor. Separóse de él alli la concurrencia, y quedó Fernan Perez de Vadillo velando sus armas y en oracion la noche entera, despues de haberse despojado de la túnica escuderil, y haber vestido una cota, embrazado la adarga y empuñado la lanza. Llegada la mañana, confesó devotamente con fray Juan Enriquez, confesor de su alteza. No sabremos decir si vuelto su corazon á Dios hizo sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de los sanguinarios proyectos de venganza que le habian determinado á armarse caballero. Presumimos que asi lo haria, y creemos que si luego mas adelante la historia nos ha conservado algunos rasgos que podrian oponerse á aquella concesion cristiana, debe achacarse mas bien esta inconsecuencia á la flaqueza del corazon humano, ó á la mezcla estraordinaria de pasiones y religion que reinaba en aquella época, que á la falta de verdadera contricion del noble hidalgo. Hecha su confesion, y veladas ya las armas, retiróse el candidato por el mismo orden que habia venido, y llegado á su habitacion vistió el trage de caballero, mas rico y adornado que el de escudero, que acababa de dejar para siempre. Alli recibió las visitas y felicitaciones de sus deudos y amigos; y varios señores allegados á don Enrique de Villena vistiéronle sobre la cota de menuda malla una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado solo en aquel tiempo á personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un gran manto, cortado á manera de manto real. En esta forma, y llevando colgada del cuello la espada, llegó seguido de los padrinos, de los convidados y de sus amigos, á la real capilla, donde esperaban el momento de dar principio á la augusta ceremonia su alteza en su tribuna rodeado de varios dignatarios; el arzobispo, que habia salido al altar al verle llegar, y gran número de damas. Distinguíase entre ellas la madrina del novel caballero, ricamente ataviada, y á la derecha del buen condestable, arrodillados los dos al lado de la epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se veía recamado en oro el escudo de sus armas respectivas, y de que pendian largos borlones de aquel precioso metal. Algo detras, y entre otras damas principales, se veía á Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con un velo, al través del cual se traslucia sin embargo su hermosura, como suele verse al través de ligeras nubecillas el resplandor del sol. A la otra parte se colocó el poderoso conde de Cangas, acompañado de algunos caballeros principales y seguido de dos de sus pages, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y demas piezas de la armadura que debian revestirle á Vadillo en acto tan solemne. El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia que la calidad de las personas habia traido, y por bandas de ministriles que habian seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus instrumentos. Era gran gusto oir la desacorde confusion que producian tocadas á un tiempo la cítola sonora, la guitarra morisca, de las voces aguda é de los puntos arisca, el corpudo laúd, el rabé gritador, el orabin, el salterio, la adedura albardana, la dulcema, é axabeba y el hinchado albogon, la cinfonia, el odrecillo francés y la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unian al sonsonete de las sonajas de azofar, y al estruendo de los atambores y atambales, de las trompas y añafiles; instrumentos todos con que se verian tan apurados nuestros músicos del dia para organizar una sola tocata medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la civilizacion música les ha perfeccionado, como se verán nuestros lectores para formar una exacta idea de su figura y armónica melodía sin mas datos que esta breve enumeracion, por mas fidedigna que la constituya la autoridad del trovador arcipreste á quien la robamos.
Establecido ya el silencio, arrodillóse el hidalgo ante la reverenda persona del arzobispo, quien le quitó del cuello la espada que traía suspendida, y la colocó en el altar en que iba á oficiar. Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Despues de un momento de oracion y recogimiento, principió el arzobispo los oficios, acabados los cuales se levantó el candidato, é hincándose de hinojos ante la persona de su señor feudal el poderoso conde de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le hiciese merced de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos del ilustre maestre de Calatrava no escusar su vida ni sus bienes en defensa de la santa religion católica, apostólica, romana, y guerrear hasta morir en toda coyuntura y ocasion que se presentase contra los infieles de aquende y allende el mar; fórmula en que se comprendian no solo los moros que mantenian guerra todavia con los reyes de Castilla, sino tambien los sarracenos que poseian á la sazon el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigian de todos los puntos de Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar y defender las viudas y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y los desvalidos que á su fuerte brazo recurriesen para deshacer sus agravios, no pudiendo de otra manera los enderezar. Prestado este noble juramento, leyéronsele los evangelios, sobre los cuales le repitió nuevamente. Hecho lo cual, el arzobispo, cogiendo la espada que habia estado sobre el altar durante el oficio divino, la bendijo y se la ciñó. Llegándose á él sus padrinos, calzóle la una espuela el buen condestable don Ruy Lopez Dávalos, y la otra la esposa del noble don Juan de Velasco, á quienes el novel caballero dirigió las mas espresivas gracias por la merced singular que le dispensaban. Uno de los principales señores que acompañaban á don Enrique de Villena le ciñó la coraza antigua, compuesta del peto y espaldar, dándole paz despues. Don Enrique de Villena, adelantándose en seguida, le dió tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo caballero en nombre de Dios, de san Miguel y de Santiago. Recibióle despues en sus brazos, y en seguida hicieron con él igual ceremonia todos los demas asistentes, como para darle á entender que se gozaban mucho de tener admitido en su gremio caballero que tan completo prometia ser como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de todos los instrumentos proclamando al nuevo caballero. Entre los que debian dar paz al recien admitido hallábase uno armado de pies á cabeza, que se habia mantenido constantemente inmóvil al lado del evangelio, y enfrente del sitio destinado á las damas principales de la corte. Ni el oficio divino, ni la larga ceremonia habian sido parte para sacarle de su asombrosa distraccion. Parecia la estátua del fundador de la capilla, como en aquellos tiempos solian verse algunas en las mas de las iglesias. Pero si se llegaba á presumir que era una persona y no una estátua, para comprender su perfecta inmovilidad, y la fijacion de sus ojos, era preciso creer que un maleficio particular ejercía sobre él una influencia funesta, y le obligaba á mirar á aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un instinto fatídico obliga á la incauta mariposa á girar en torno de la vacilante llama que la ha de acabar, y con que una atraccion física llama hácia la serpiente cascabel al mísero pajarillo para hacerle víctima de su irresistible voracidad. Causaba aquel embeleso una dama que no habia podido menos de notarla, y que en valde habia pensado ponerle término interponiendo su velo entre las atrevidas miradas del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida habia producido un efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas habian sido antes continuadas, pero naturales, tomaron despues un carácter de investigacion muy parecido al que tienen las de aquel que trata de leer durante el crepúsculo, ó á la opaca luz de la luna. Apenas quedaba concluido el acto, cuando deseosa la dama de esconderse á tan imprudentes miradas, se habia confundido y desaparecido entre la multitud: los ojos sin embargo del caballero, acostumbrados á ver en aquel punto su contorno, le seguian viendo gran rato despues de haber desaparecido, como le sucede al que se atrevió á mirar fijamente por largo espacio al luminar del dia. Horas enteras conserva su retina la impresion indestructible, y por mas que haya desviado ya los ojos de su deslumbrante luz, por mas que los cierre, en fin, ve el sol todavia donde no le hay. Al llegar Vadillo al caballero acababa de levantarse la dama. Tendió el hidalgo los brazos naturalmente á recibir de él como de los demas el beso de ceremonia, é hizo la misma figura que el que fuese á abrazar un árbol ó una columna. No pudo menos de levantar la cabeza, y de reparar en la especie de estátua que delante de sí tenia. Conociólo, y su primera accion fue volverse con la rapidez del rayo á seguir la visual del caballero, y ver en qué objeto se paraba: si alcanzó á ver algo todavia, ó si el punto á que las miradas se dirigian bastó á contestar á su muda pregunta, eso es lo que no sabemos. Diremos solo que su rostro se tiñó de carmin, y que vertiendo fuego por los ojos y los poros todos de su encendido semblante, sacudió con una mano al distraido diciendo por lo bajo, pero con reconcentrada cólera: “Ya puede haber pactos entre nosotros, que ya no soy escudero.” A esta sacudida inesperada volvió en sí el caballero como quien dispierta de un largo sueño. Reconoció su imprudencia al reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada que responder de pronto á su rara interpelacion, bajó los ojos y quiso enmendar su pasada distraccion tendiendo entonces los brazos al hidalgo. Este, empero, poniendo entrambas sus manos en ellos: “Dejad, le dijo, el abrazo para ocasion en que esteis menos ocupado, que yo quisiera que el que nos diésemos fuese mas estrecho y mas largo.” “Como gusteis, hidalgo, repuso el caballero con arrogancia, como gusteis.”
No habia podido menos de notarse por la concurrencia esta pequeña escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne: nadie oyó lo que se dijeron, pero los mas tuvieron algo que decirse al oido acerca de aquella rara singularidad. Nosotros diremos como fieles historiadores, que la dama cuando se creyó fuera ya del alcance de las miradas del importuno, volvió la cabeza y alcanzó aun á ver algo, que fue lo bastante para despertar en ella ideas de inquietud, á que hacia ya algun tiempo que no habia dado lugar en su corazon.
Acabada la ceremonia, retiróse cada cual, y el novel caballero, acompañado de sus padrinos y de sus deudos, se trasladó á la habitacion del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya á la comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete, dado por el ilustre maestre, terminó con toda la pompa digna de tal solemnidad un dia tan señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo.