—¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor?

—Y como se dice que ya en una ocasion ha tenido algun lance con el mismo caballero, y que sus heridas...

—Basta, Jaime, no despedaces mi corazon; tú que le conoces, tú que sabes cuán inocente soy...

—¡Oh! si yo fuera esposo de la hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados me habian de dar los zelos! ¡cómo dormiria á pierna suelta! ¿no es verdad, prima?

Un estremecimiento involuntario fue la única respuesta de Elvira y un profundo silencio, indicio de la mayor distraccion.

—¿No es verdad, prima? preguntó de nuevo el inesperto niño, volviendo á aplicar el dedo imprudentemente en la llaga. Ello, por otra parte, á mí me da lástima.

—¿Qué te da lástima? preguntó Elvira.

—Si viérais en qué estado está mi pobre amigo; el que me solia llamar así...

—¿Qué amigo?

—¡Qué amigo quereis que sea! Si viérais que rostro tan pálido... tan desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de hacer tantos estragos, no quiero nunca enamorarme.