—¿Qué cosa?

—Yo he oido decir que los zelosos hacen lo mismo que vuestro esposo.

—¡Jaime! ¿Seria posible que Hernan Perez abrigase la menor duda acerca de la virtud de su consorte...?

—No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido sorprender, hablándose solo á sí mismo: acaso me tenga rencor por eso... Elvira me ama, decia antes de ayer cuando yo le encontré distraido, me ama tanto como yo á ella, es imposible: no era culpable...

—¿Eso decia?

—Eso le oí...

—¡Dios mio! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos zelos que dices...

—Esos zelos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos...

—¿De alguno?

—Escuchad. Ayer en la corte miró á un caballero, que conoceis, de una manera... ¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del relámpago hubiera sido reducido á cenizas el caballero.