—¿Mia? ¡Ah! ¡sed, doncel, mas generoso!
—¿Pedisme generosidad? ¿La usásteis vos conmigo? ¿Vos me pedis virtudes? Pedidme amor, señora. Es lo único que os puedo dar. Amor, y nada mas. Si es virtud el amar, ¿quién como yo virtuoso? Si es crímen, soy un monstruo.
—¡Silencio!
—¿Por qué? ¿Pensais que la naturaleza ha podido imprimir con caractéres de fuego en el corazon del hombre un sentimiento sublime, un sentimiento de vida, eterno, inestinguible, para que se avergüence de él? ¡Ah! No la hagais injuria semejante. Cuando lanzó la muger al mundo, la amarás, dijo al hombre; inútil es resistirla. Sus leyes son inmutables. Su voz mas poderosa que la voz reunida de todos los hombres. Os amo, y á la faz del mundo lo repetiré; harto tiempo lo callé...
—¿Pero podeis ignorar, Macías, que mi estado...?
—¿Vuestro estado? Preguntadle á mi corazon por qué latió en mi pecho con violencia cuando os ví por la vez primera. Preguntadle por qué no adivinó que lazos indisolubles y horribles os habian enlazado á otro hombre. Nada inquirió. Yo os ví, y él os amó. ¿Por qué, cuando dispuso el cielo de vuestra mano, no dispuso tambien de vuestra hermosura? Si solo para un hombre habeis nacido, ¿por qué os dió el cielo belleza para rendir á ciento?
—Vos delirais, Macías.
—Si es delirio el amaros, deliro, y deliro sin fin. Si en mis acciones, si en mis palabras echais de menos por ventura la razon, vos la teneis sin duda, que vos me la robásteis. Vuestros son tambien mi locura y mi delirio.
—Falso es, Macías, lo que hablais; es falso. Ni vos me amais ahora, ni me amásteis jamas. ¿Dónde aprendísteis á amar de esta manera? Me veis, y vuestros ojos, funestamente clavados en los mios, estan diciendo á todo el mundo: ¡Yo la amo! Corro al campo á buscar la tranquilidad que en vano me pide mi corazon en la ciudad, y alli Macías, alli donde yo voy. Veis á mi esposo, que al fin, Macías, es mi esposo, es cosa mia, y haceis gala de decir á las gentes con vuestras fatídicas miradas: Porque ella es suya le aborrezco. ¿Y por qué, imprudente, no he de ser suya? ¿Qué hizo él acaso para merecer tanto odio? ¿Qué haceis vos que él no haya hecho, y antes, doncel? ¿Gustais de mí decís? Tambien él lo decia. ¿Puede ser en él crímen el amarme, y en vos...?
—Crímen, sí, crímen imperdonable, que solo con mi sangre ó con la suya...