—Basta ya, temerario. ¿Y vos me amais, doncel? ¡Y vos me lo decís! Os encuentra ese esposo á mis plantas casi, no hunde su acero en vuestro corazon como debiera sin duelo alguno, y ¿vos le provocais y osais contra él alzar el insolente acero? ¿Eso es amar, Macías? Nadie hay en la corte que al pronunciar vuestro nombre, no pronuncie el mio al mismo tiempo. ¿Por qué esa union fatal? Vuestra imprudencia acaso...
—¡Mi imprudencia!
—Y no contento con perderme para siempre, no contento con haber llenado de luto mi corazon, con haber hecho de mis ojos dos fuentes de lágrimas inagotables, ¿osais aun, á riesgo de ser hallado, traspasar el dintel de mi puerta, osais comprometer mi vida... mi honor...?
—¿Yo, Elvira? ¡Maldicion sobre mí!
—¿Eso es, decidme, lo que debia yo prometerme de ese amor tan decantado? ¡Ah! Macías, si os amára, ¡cuán infeliz seria!
—¡Si me amára!
—¡Cuán infeliz! Vos mismo habeis cavado entre los dos un abismo insondable...
—Abismo que se llenará, que yo traspasaré, ó donde entrambos nos hundirémos. Me amas, Elvira, me amas. Tu llanto, tus acentos, esa voz trémula y agitada, la tempestad, que anuncian tus palabras, son señales harto ciertas que descubren el volcan inmenso que arde en tu corazon. Si fui imprudente, lo confieso tu tuviste la culpa: ¿Por qué no me inspiraste una de esas débiles pasiones, un amor pasagero, de esos que es dado al hombre disimular, de esos que no se asoman á los ojos, que no hablan de continuo en la lengua del amante, de esos que pasan y se acaban, y dan lugar á otros? Ay, tú lo ignoras, Elvira. Hay un amor tirano; hay un amor que mata; un amor que destruye y anonada como el rayo el corazon donde cae; que rompe y aniquila la existencia; y que es tan facil de encerrar, en fin, en lo profundo del pecho, como es facil encerrar en una vasija esos rayos del sol que nos alumbra.
—Macías, ¡por piedad!
—No: sufre ahora, que yo sufrí tambien, y sin consuelo, sin indemnizacion, sin premio. Una vez no mas te hablo en la vida, pero me has de oir. ¿Temes el mundo? Bien. Habla, es verdad, habla imprudente lo que sabe, lo que no sabe, lo que existe, y lo que acaso jamas existirá. Témele tú en buen hora. Yo le aborrezco. Huyamos de él, huyamos para siempre. Una lanza para mí, y un caballo para los dos. Basta.