—¿Qué haceis?
—Llamarle. Lleve mi vida quien se llevó mi dicha. ¡Fernan Perez!
—¡Teneos! Macías. Bien: yo...
—Acaba, acaba.
—Yo os... imposible, jamas. Os aborrezco.
—¿Y lo dices llorando? Tus lágrimas ardientes corren hasta mis manos. Huyamos. Los amantes son solo, Elvira, los esposos... inútil es la lucha...
—No, no, Macías: hay un Dios. Hay un Dios que nos ve. Mi deber es primero. ¡Santo Dios! esclamó prosternándose la desdichada Elvira, ¡dadme fuerza y virtud! Sola no basto á resistir.
—¿Qué escucho? ¡Es mia, es mia!
Macías estrechaba sobre su corazon á la infeliz Elvira, que exánime y sin sentido no oponia á su loco arrebato mas resistencia que la pasiva inmovilidad del estupor y del asombro.
—Él viene, gritó de pronto una voz harto conocida á los oidos de Macías y de Elvira. Él viene, repitió de alli á un momento. Asi resonó en el corazon del doncel, como el eco lúgubre del bronce, que anuncia al amante parado en la playa la despedida del buque que lleva consigo el tierno objeto de sus ansias.