—¿Viene, Jaime...? preguntó Elvira fuera de sí. ¡Dios mio! Salid, señor, salid. ¿Veis á qué estremidad me reduce vuestra imprudencia?
—Decidme, pues, contestó Macías deteniéndola aun, decidme una palabra sola de consuelo.
—¡No, no! contestó Elvira mirando á todas partes con la mayor agitacion.
—Ved que no es tiempo ya, repitió el pagecillo mirando por entre los coloreados vidrios de una rasgada y gótica ventana.
—¡Mi honor, mi honor, Macías! esclamó Elvira.
—Hablad, pues...
—Bien: sí, lo que gusteis diré, pero ocultaos.
—Solo por tí...
—¡Hacedlo por mí! Sí. Ved ese gabinete. Armas es lo que hay dentro. Rara vez llega á él. Presto: ocultaos.
Echó Macías una ojeada de dolor á Elvira, y otra de despecho hácia la puerta por donde debia tardar muy poco en entrar el hidalgo: impelido, sin embargo, por el brazo de Elvira, que suplicante le rogaba con lágrimas en los ojos que salvase su honor, ocultóse en el gabinete, y cerróse por sí misma tras él la pesada puerta.