—¡Dios mio! esclamó Elvira. ¡Perdon, perdon! Vos veis, Señor, mi inocencia desde los cielos. ¡Dadme valor para la amarga prueba que me falta!

No bien habia acabado de decir estas palabras, y de enjugar precipitadamente las lágrimas que se habian agolpado á sus ojos, rogó al pagecillo, no menos asustado que ella, que no se separase de su lado en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad toda y la de un amigo ademas para no revelar ante los perspicaces ojos de su marido la terrible emocion que dominaba en su pecho. Poco despues entró Fernan Perez. El lector nos perdonará si dejamos para otro capítulo la prosecucion del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira.




CAPITULO XXVIII.


E si por ventura quieres

saber por qué soy penado,