—Sí, Elvira, oidme. Si os creyese una muger vulgar, una muger capaz de guardar secretos para vuestro esposo, no os abriria mi corazon. Pero ¡ah! vos sois víctima tambien hace ya tiempo de esta fatal reserva que ha helado nuestra existencia. Maldicion sobre el ser impasible y yerto, que cerrado siempre para sus semejantes, vive solo dentro de sí y solo para sí. Su consorte es un vivo, condenado á vivir atado á un cadáver.

—¿Qué decís?

—Sé que el destino ha arrojado entre nosotros un ser desgraciado: sé que una inclinacion á que dísteis acaso demasiado imperio sobre vuestro corazon...

—¡Hernan Perez! esclamó asustada Elvira.

—Sí: ¿á qué negarlo? Vos amábais á la condesa, mas acaso de lo que la misma amistad tiene derecho á exigir.

—Cierto que la amé siempre mucho, interrumpió Elvira con mas serenidad.

—No culpo en vos ese sentimiento, si bien pudiera estar zeloso de él. Nace de un corazon generoso; pero...

—Permitidme que en ese punto no dé oidos, señor, á vuestras reconvenciones... dijo Elvira pensando mas en abreviar el diálogo que en meditar prudentemente sus respuestas.

—¿Es posible, Elvira, es posible?

—He jurado guardar silencio...