—¿Pero cuál misterio...?
—Permitidme que calle ahora: algun dia sabreis, y no está lejos tal vez, que esa misma amistad que me echábais no ha mucho en cara, os hace mirar á don Enrique bajo un aspecto falso. Básteos saber que no he creido faltaros...
—Dejemos en buen hora ese punto, si tanto os incomoda, Vengamos á otro. Sabeis, Elvira, que soy vuestro esposo... Hay un hombre sin embargo...
—Esas palabras, señor... ¡Ah! soy inocente, esclamó Elvira precipitándose á los pies de Fernan Perez.
—¿Cómo pudiera yo dudarlo, Elvira? sois inocente; ¿pero basta acaso en el mundo en que vivimos ser inocente? ¿No es fuerza parecerlo tambien? Oidme. Vos sabeis cuánto os amé: os conduje al altar, partí con vos mi lecho, os entregué mi casa porque os amaba, Elvira. Hay un hombre, sin embargo, que ha osado poner en vos los ojos.
—¡Ah! señor, acaso os deslumbre...
—Nada me deslumbra, Elvira. No os haré cargo alguno. Vuestra palabra me basta. Mi honor está en vuestras manos. Ese fue el depósito sagrado que al desposarme os entregué. ¿Le habeis guardado, Elvira?
—¡Señor! esclamó Elvira ahogando sus sollozos, y volviendo el rostro á mirar con la mayor agitacion al gabinete.
—La verdad, Elvira, y nada mas. Mirad; yo os pedí vuestro corazon, no os lo robé: yo no os dije sereis mi esposa, sino ¿quereis serlo? ¿Para qué pensásteis que enlacé á mi suerte la de una muger? Para hacerla feliz. No hago trovas, Elvira, no es el talento la cualidad de que blasono. Empero la honradez será siempre mi norte. Sed, Elvira, feliz. Decidme ahora cuáles son los medios que para serlo exigís. Hoy es tiempo todavia; mañana no lo será tal vez.
—¡Ah! esclamó Elvira en el mayor desorden. ¿Vos habeis dudado, esposo? Si viérais sin embargo mi corazon, si viérais cuánto ha padecido... ¡Piedad, piedad de mí! No mando en mí, Fernan, ni sé quién soy.