—¡Cierto! soy un testigo importuno para los placeres que os esperan, dijo Macías con voz reconcentrada, y toda la sangre fria de un hombre desesperado.

—¿Qué han de esperarme ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Quereis que al fin lo diga? Huid y lo diré.

—Elvira, ¿qué dirás? gritó Macías. ¿Que le amas, otra vez...?

—No, nunca, no. ¿Qué puede hacer delante de él? A tí amo: solo á tí...

—¿A mí? ¡ah! ¿A mí? ¿Sueño, deliro?

—¡Qué vergüenza, Dios mio! Pero huye ya; ¿qué esperas? ya lo oiste de mi boca: por ese amor frenético que leo en tus ojos con placer, por ese amor, Macías, ¡huye! ¡huye por Dios! ¡y por piedad!

—¡Elvira! ¡Elvira! dijo Macías palpitando todo de amor y de felicidad. Huyo, sí, huyo. Dime, empero, que volveré.

—Volverás si huyes ahora, volverás.

—¡A Dios, Elvira, á Dios! gritó con loco furor Macías, y se lanzó fuera del cuarto.

—¡A Dios, repuso con voz apagada Elvira, á Dios! y cayó sin fuerzas casi y sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas manos su rostro descompuesto y avergonzado.