—¡Querido Jaime, querido Jaime! esclamó Elvira estrechando al page entre sus brazos.
—Luego, prima mia, luego, dijo Jaime mirando con cuidado hácia la parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en seguida hácia el gabinete. ¡Caballero, añadió abriendo, caballero! ¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por enmendar sus locuras! ¡Ay Dios mio! prosiguió todo asustado viendo salir al doncel. Parecia este efectivamente mas bien un espectro que una persona. El amor y los zelos luchaban aun en su semblante.—¡Ingrata! gritó fuera de sí dirigiéndose á la desdichada Elvira. ¡Ingrata! ¿Qué pretendeis ahora de mí? ¿Sacáisme aqui á la luz por si no veo bien alli vuestras infernales caricias, por si no oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor tan grande? ¡Le amais, le amais!
—¡Macías! basta; huid, huid, esclamó temblando de terror y echándose á sus plantas la infeliz. No mas tiempo, no mas; que ha de volver.
—¡Vuelva! ¡vuelva! aqui mi pecho está. Máteme luego.
—¡Vaya! señor, esclamó el page, deje para otro dia esa cancion; mire por Dios...
—¡Ah Jaime! ¡Me aborrece! le interrumpió Macías.
—¿Qué os ha de aborrecer? repuso el page.
—¡Jaime! gritó Elvira tapando con su mano la boca del inocente. Macías, partid.
—No, no partiré. ¿A qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo completo. Amadle sin rubor. ¡Perezca solo quien no debe gozar!
—¡Por Dios! ¡por mí, Macías!