—¿Qué buscais de nuevo aqui? preguntó Hernan Perez con todo el mal humor de aquel á quien interrumpen en una ocupacion agradable para la cual no ha menester testigos. No haria yo mal, ¡vive Dios! atolondrado, en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete oscuro hasta que hubiéseis aprendido otra mesura y comedimiento.
—Perdonadle, gritó Elvira asustada.
—Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo, repuso el pagecillo prontamente: nadie entra en él jamas.
—Vos sereis el bellaco y la sabandija, mal criado, contestó Hernan Perez. ¡Ea! salid.
—De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer, y que es tan torpe Alvar, el escudero que os habeis echado desde que recibísteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerreis de veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! él, ¡ya se vé! quiérese escapar. Os digo que se escapará.
—¿Se escapará? ¡Voto va! Page, á vos os lo dí: si él se escapa, acordaros habeis del pájaro de su alteza. Dejad, Elvira, que vea lo que hacen esos necios. Tenedme ahí entre tanto á buen recaudo á ese insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto á Santiago!
Diciendo y haciendo salió precipitadamente el hidalgo, y el page, vuelto hácia la puerta por donde salia, y poniéndose los puños en los hijares.
—Se escapará, dijo con donaire y burlita sardónica; sí señor, se escapará. ¿Pero esperaros yo aqui, eh? Para mí santiguada que no haré tal; no estoy tan mal avenido aun con mis orejas. Vaya, ¿qué haceis, prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdeis, saldráse con la suya el hidalgo, y el pájaro no se escapará.
—¡Santo Dios! ¿Con que es falso ese recado que nos habeis traido, Jaime? ¿Y no temblais...?
—Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, y mas perderíais vos si...