—¡Oh! decidme vos si no, gritó el hidalgo, ¿hay en esto, señora, otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra confusion...?
—Jaime, señor, es inocente, inocente: nunca quiso jugar con vuestra cólera. Todos os amamos aqui y os respetamos, todos; pero... mirad... oid...
—¡Elvira! ¡Elvira! esclamó con voz descompuesta el hidalgo, que comenzaba á sospechar vagamente.
—¡Perdon! gritó Elvira con voz aguda y ahogada por sus lágrimas y sollozos: esposo mio, ¡perdon! Y cayó de rodillas abrazando los pies del hidalgo, y dando su frente pura sobre el suelo con asombro de aquel, que cruzado de brazos delante de ella parecia en la mayor inmovilidad andar buscando en su cabeza alguna esplicacion de escena tan estraordinaria.