Estando en esto llegó

uno que nuevas traía.

—Mercedes á tí, fortuna,

de esta tu mensagería.

Rom. del rey Rod.

Ya veis que en ningun caso puede convenirme, decia agitado Villena al astrólogo un dia. Cuando tengo vencidos casi los obstáculos todos que á la posesion de mi maestrazgo parecian oponerse; cuando unos ya, merced á mis beneficios y promesas, han vuelto á entrar en la senda del deber; cuando otros, cansados del poco fruto de la diligencia de don Luis Guzman, ceden en tan obstinada demanda y dan al olvido su rencor, ¿querrán que yo esponga á los riesgos de un combate el objeto de todas mis ansias y desvelos? ¡Qué bobería, Abenzarsal! Fuerza es para suponer en mí semejante delirio no conocer cuánto he deseado ese maldecido maestrazgo. ¡Por cierto que puede ser dudoso el éxito del combate! No quiero yo decir con esto que mi antiguo escudero Hernan Perez carezca de valor de ningun modo. Pero una cosa es tener valor, y otra estar seguro de vencer á Macías. Abenzarsal, el combate no puede verificarse sino para perder yo el maestrazgo por lo menos; y no se verificará.

—No es tan facil hacerlo como decirlo, dijo Abenzarsal sin mirar al conde, y mas bien como quien habla consigo mismo que como quien contesta á otro; no es tan facil hacerlo como decirlo. Porque, al fin, ni el mismo rey puede revocar ya la prueba por combate que tiene decretada á peticion de parte, ni fuera decoroso en vos el solicitarlo.

—Abenzarsal, decirme á mí ahora que nada se puede remediar en el asunto por los términos ordinarios, vale tanto como decirme que Madrid está en Castilla; y por cierto que no tengo ni el tiempo hoy ni la cabeza para aprender verdades de esa importancia. Si os consulto es porque presumo que pudiéramos dar un golpe atrevido. ¿No hay algun arbitrio? ¿no os ocurre á vos nada? ¡Por Santiago! yo creí que ya habíais comprendido que yo quiero que os ocurra.

—Mi cuerpo, señor, viejo y feo conforme se halla, está á tu disposicion: del alma nada te quiero decir, porque no estoy muy seguro de si puedo disponer de ella como cosa mia, despues de la tempestuosa y aun maliciosa vida que he traido. Dios me la perdone. Pero en cuanto á mis ocurrencias, permite que te diga, señor, que solo conforme me vayan ocurriendo podré irlas poniendo á tu disposicion.

—¡Maldito viejo! refunfuñó Villena entre dientes. ¿Cuándo quereis acabar de fundirme esa cabeza de bronce que ha de responder á todo el que la pregunte, y que me habeis tantas veces prometido? Yo os aseguro que si la tuviera en mi poder, como debiera, á la hora esta ya la habria hecho decir cosas buenas y oportunas acerca del asunto. No habria combate, yo os lo aseguro: no lo habria. Os juro que esa seria la mejor cabeza de Castilla, sin contar la mia, Abenzarsal, se entiende.