—¿Qué es quitar la vida, don Enrique? ¿puede el hombre, necio, insensato, quitar la vida á ningun ser? ¿puede el hombre crear ni destruir? ¡Impotente! ¡miserable! Aquel en quien acaba el alma de separarse del cuerpo, deja de vivir á los ojos de los hombres. A los ojos de Dios vive, porque nada muere á los ojos de Dios: él ha derramado la vida en los seres todos: unos existen bajo unas condiciones, otros bajo otras. Si el vivo vive de una manera que confesamos, vive tambien el muerto de otra que no conocemos: á los ojos de Dios las acciones todas son iguales: no hay bien, no hay mal; no hay vida, no hay muerte; no hay virtud, no hay crímen.

—¡Blasfemia, blasfemia! gritó don Enrique. Os complaceis en aventurar horribles paradojas en los momentos críticos en que tenemos mas necesidad de inventiva que de ergotismo escolástico, y de confianza en el cielo que de heréticas impiedades.

—Como gusteis: ¡dejemos en buen hora á los hombres, viles gusanos de la tierra, imaginarse en su vanidad los seres privilegiados de la creacion: dejémosles creer orgullosos que para dar vueltas al rededor de su mundo miserable ha lanzado al vacío el Hacedor millones de mundos mayores; dejémosles pensar que son algo, y que valen algo; dejémosles, en fin, dar una incomprensible importancia á sus acciones míseras, al que llaman su honor, á su supuesta ciencia, á sus ridículas pasiones, al ruido que hace la boca, que llaman aullido en el lobo, y en sí mismos conversacion!!!

—¿Acabaréis? ¡por Santa María!

—Dejémoslos en tan lisonjero error: convencedle al hombre de que no es nada, y precipitado de la altura del trono que sobre la naturaleza se ha erigido, se afligirá como si el no ser nada fuese algo.

—¡Por Santiago! esclamó Villena despechado: teneis razon, Abenzarsal. Teneis razon en todo lo que habeis dicho, y en lo que habeis pensado, y en lo que os habeis dejado por pensar y por decir. ¿Pero y mi maestrazgo? Os suplico que no lo considereis como cosa de hombres, que yo os prometo probaros antes de mucho que si el hombre puede no ser nada, un maestrazgo por lo menos es algo.

—Vengamos, pues, al maestrazgo, dijo sonriéndose el astrólogo, á quien esta última frase debió de parecer mejor que el mundo y sus míseros habitadores. Ya he dicho, señor, que no queriendo hacer uso del aqua mortis, necesitais aprender...

—¿Pero, qué significa...?

—Significa, que asi como el juglar y un juglar cualquiera, hace desaparecer entre los dedos la bola mágica, segun la llama el vulgo de los hombres, ese de quien yo os hablaba hace poco...

—¿Volvemos? dijo Villena desesperado con lastimoso acento.