—No: tranquilízate, señor; asi, pues, necesitas tú hacer desaparecer á alguien de la corte de don Enrique.
—¿A quién? ¿y cómo?
—Voy á decirte, ilustre conde. A Elvira, tu acusadora, es caso imposible, porque está libre bajo mi responsabilidad, asi como Macías y tú lo estais bajo la propia del rey, tú por tu clase y él por su favor.
—Bien. Adelante. Elvira es ademas muger de Fernan Perez.
—Cierto; pero á Macías no me parece que podria ser dificil. Él está ahora mas que nunca poseido de una pasion frenética, pasion cuyos resultados, felices para nosotros, has cortado tú mismo con tus incomprensibles escrúpulos. Sin embargo, puédenos servir todavia. Entreveo un plan asequible tal vez. Necesitarémos de Ferrus. Si el doncel cae en el lazo que le vamos á tender, no será él ciertamente quien venza á Fernan Perez.
—Abenzarsal, ¡cuánto os debo, amigo mio! dijo Villena estrechando sus manos.
—Dame, empero, tu palabra, señor, de no estorbar mis intentos, y dame con tu palabra á Ferrus. Sé las escenas que han pasado entre los amantes recientemente, sé... pronto lo sabrás tú mismo. Ven en tanto, señor, conmigo... oigo un rumor estraño en la cámara de su alteza. ¿Será acaso alguna novedad en la salud del rey, que debamos sentir todos?
Al acabar el astrólogo estas palabras, dirigiéronse entrambos hácia la cámara de su alteza. Oíase desde ella un prolongado y confuso clamoreo, cuya causa no tardaron en adivinar. Su alteza, rodeado ya de algunas de las primeras dignidades de Castilla preguntaba á unos y á otros, y parecia haberse hallado largo rato en la misma duda que los personages de nuestro último diálogo. Brillaba sin embargo en su semblante una alegría desusada en él, y podíase conocer desde luego que mas tenia de fausto que de infausto el suceso que producia en aquella ocasion tanto movimiento.
—Venid, ilustre conde, mi pariente y vos, Abenzarsal, venid, dijo don Enrique el Doliente saliendo al paso contra su costumbre, con notable olvido de su propia dignidad á los dos personages que entraban en su cámara. La corona de Castilla tiene ya un heredero varon.
—Señor, dijeron á un tiempo Villena y el físico, ¿es posible? ¿Ha llegado ya tan alegre nueva?