—Sí, dijo el rey: el enano que está de atalaya en la torre mas alta del alcázar acaba de ver las ahumadas que tenia mandadas disponer para este caso, y los fieles habitantes de mi leal villa de Madrid se han apresurado á felicitarme sobre tan feliz acontecimiento.
Oíanse, en efecto, ya mas distintamente los repetidos vivas con que de buena fé manifestaba el pueblo su entusiasmo al saber que le habia nacido un rey, y que no podria faltarle ya en ningun caso quien le mandase.
Salió su alteza á una de las fenestras de su alcázar, como se llamaban entonces las ventanas en castellano, sin que se pudiera achacar eso á galicismo, pues no habia entonces en la pobre villa de Madrid tantos traductores como en los tiempos que alcanzamos de dicha y de ilustracion; salió á una de las fenestras, como dejamos dicho, y agradeció al pueblo con claras demostraciones y ademanes de contento y satisfaccion su inocente entusiasmo.
Vuelto en seguida á Stúñiga, justicia mayor del reino,—Diego Lopez, le dijo su alteza, dispondréis que mañana sea la última audiencia que dé en esta villa á los fieles habitantes de Madrid. Debemos marchar inmediatamente á Otordesillas, adonde se trasladará la corte por ahora. Quiero que al separarme de esta mi villa predilecta puedan mis vasallos venir á implorar á los pies del trono la justicia que puedan necesitar. Recuerdo ademas, condestable, añadió volviéndose al buen Ruy Lopez Dávalos, que he suspendido en dos ó tres casos decisiones de grave interés, prorogándolas hasta el momento que tan felizmente ha llegado.
Inclináronse el condestable y el justicia mayor, y no puso tan buen gesto como don Luis Guzman el intruso maestre. Antes, llegándose al oido del astrólogo,—¿Habeis oido? le dijo. Mañana dará orden de que se reuna el capítulo de Calatrava, y mañana acaso fijará el dia de nuestro combate.—No hay tiempo que perder, repuso en voz baja tambien el judiciario.
Don Luis Guzman y Macías echaron cada uno por su parte una mirada significativa de esperanza y desprecio al conde de Cangas y Tineo. El resto del dia se empleó en preparativos para el viaje que la corte disponia, y la noche en músicas y en danzas, en que los ministriles y juglares divirtieron no poco á todos con sus juegos y arlequinadas, farsas y bufonerías.