—¿Qué motivos tuvísteis para abrazar su defensa?
—Los que creí justos.
—¿Cómo os he encontrado solo con ella en el laboratorio del judío? ¿Sabeis que soy su esposo?
—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No acostumbro á sufrir interrogatorios.
—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone relaciones que mi honor...
—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.
—Probádmelo.
—Con la punta de mi espada al momento.
—¿No teneis, pues, otras pruebas...?
—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de Madrid.