—Decis bien, repuso el hidalgo, en quien crecia la ira mas y mas en el corazon con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, á los pactos de nuestro duelo. El que venza.

—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de Castilla.

—Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...

—Os prevengo, hidalgo, que no me vencereis sino matándome. Por lo demas, recordad que no estais armado caballero, y que cuando me sujeto á reñir con vos, no puede haber pacto por consiguiente entre nosotros.

—No estoy armado, pero soy hidalgo. Por no haberla recibido no desconozco la orden de caballería...

—Probadlo, pues.

Bien vió el hidalgo que en valde intentaria obtener de su adversario mas ámplias esplicaciones. Meditó un momento buscando en su imaginacion algun medio que pudiera hacerle conocer si era realmente tan culpada su esposa como él lo habia imaginado, ó si habria procedido de ligero; pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin, que sus dilaciones diesen motivo al doncel para dudar de su valor, púsose en actitud de acometer sin proferir mas palabra, y dentro de pocos instantes sonaban ya las espadas cruzándose con desapacible y temeroso ruido. La oscuridad no permitia una defensa tan hábil como la exigia la seguridad de cada uno; pero en cambio podemos decir que realmente entrambos á dos tiraban mas bien á ofender al contrario que á resguardar su propia vida del contrapuesto acero. Por otra parte los dos manejaban las armas y las conocian perfectamente. Imposible nos fuera enumerar y describir los golpes que se tiraron y las heridas que recibieron: nada dicen de esto las leyendas. Lo único que podemos asegurar como si lo hubiéramos visto, es que á poco rato de encarnizada refriega se hallaba ya tinto el suelo en mas de un parage con la roja sangre de los combatientes. Ni una palabra se oía; una esclamacion involuntaria que exhalaba alguno al sentirse herido, ó al conocer que su estocada habia dado en el cuerpo del contrario, y el aullido de algun lobo, que al ruido del hierro huía precipitadamente todo espantado del sitio del combate, era el único rumor que en gran trecho á la redonda se percibia.

De alli á poco, parándose de pronto el doncel y clavando en tierra la punta de su espada,—Hidalgo, dijo en voz baja, teneos: ¿no habeis oido algo?

—Nada, respondió el hidalgo cesando de pronto en el acometer.

—Imaginé haber oido pies de caballos en el camino inmediato, y aun si mi oido no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos matorrales.