—Alguna fiera que busca su guarida. ¿Estais cansado?
—De vivir y de que me resistais. Espero que no podré temer una emboscada ni...
—¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos?
—Perdonad.
—¿Estais herido?
—No, contestó Macías con voz que reprimia el dolor, tal vez, de los golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele.
—Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernan; sintiera que nos interrumpiesen.
—¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. A buen tiempo llegan; enterrarán al vencido.
—Acabemos, respondió Fernan.
Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta entonces batiéndose segun las reglas de la caballería, y atacando y respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas simultáneamente sin cuidar mas de la defensa que si tuvieran dos vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien Macías llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, la oscuridad y su rabia no le permitian usar de ella, y el hidalgo reñia con zelos. La casualidad empero quiso que Hernan Perez al arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un parage del suelo humedecido con la sangre que ambos habian perdido, y por lo tanto resbaladizo: no bien le habia sentado, cuando el mismo impulso que su cuerpo llevaba le hizo venir á tierra á los pies del enfurecido doncel. Vencedor ya éste, dirigió la punta de su espada al rostro del caido.—¡Sois muerto! le gritó; pero al mismo tiempo una mano, mas fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo del brazo del vencedor, no solo le detuvo en su mortífero intento, sino que levantándole en el aire le apartó largo trecho del sitio de la pendencia con la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo de nieve de una parte á otra. No volvia el doncel de su aturdimiento, ni acababa de entender el caido hidalgo cómo le duraba la vida todavia.