Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrian paso por entre la espesura de la selva.—¡Aqui estan, decian unos á otros, aqui!—Llegándose en seguida dos de los ginetes, que para alumbrarse traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro el resplandor, y no debia de estar muy bien parado segun lo indicaba su estrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella máquina de gentes estrañas, pero inútilmente: el terrible golpe que acababa de llevar, cayendo cuan largo era, habia abierto mas sus heridas, y asi permaneció en tierra esperando en silencio el desenlace de aquella estraordinaria interrupcion. Macías en tanto buscaba con los ojos, por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las teas, al atrevido que habia osado apartarle de aquel modo tan incivil como peregrino de su ya conseguida victoria; pero en cuanto los de las teas hubieron reconocido al hidalgo y á su contrario, matando las luces de repente:—El caido es Fernan Perez, dijo el que parecia principal de ellos; el otro el doncel.—Y no bien hubo acabado estas palabras, cuando precipitándose tres ginetes sobre el doncel, que se dirigia ya hácia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese, desenvainaron las espadas y comenzaron á acometerle todos á una con la ventaja de los caballos y con la de gente no cansada ya como él de pelear. Amparó Macías en tan inminente peligro sus espaldas del tronco de un árbol, y defendíase como un leon acosado á la puerta de su caverna por una manada de hambrientos lobos.
—Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida; sino tu persona.
—Jamas, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso el combate, acudieron en número de otros tres al ausilio, y era evidente que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha tan desigual.
—Date, repitió el mismo que habia hablado al ver llegar el socorro, date ó eres...
No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el caballo, con no poca admiracion del doncel, que entretenido con otro, no habia podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de alli á un momento el que mas acosaba á Macías.
—¡Mueren por sí solos mis enemigos! esclamó Macías. Villanos, prosiguió cobrando ánimo con la invisible proteccion que el cielo le daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traido. Si sois salteadores...
—¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera! Yo daré cuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros. Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese llegado á tocarle,—¡Cielos! esclamó el desconocido: ¡soy muerto! y cayó cuan largo era.
Al oir esta esclamacion tan inesperada, llenos de terror sus compañeros dieron á correr gritando:—¡Es hechicero! ¡es hechicero! ¡el diablo le defiende!
Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que seria vano intento querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecia haberle salvado aquel dia de tantos peligros.
—¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una voz ronca que parecia hablar sola enmedio de las tinieblas dijo con reposado continente: