—¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar, ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas cuando puede cazar venado mas noble.
—¡Cielos! esclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á tí á quien debo esta noche la existencia acaso...?
—¡Por Santiago! Yo creí que ya sabia mi amo el doncel Macías que donde está la fiera, alli está Hernando.
—¡Hernando! esclamó Macías arrojándose en sus brazos.
—Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debeis la vida, yo os la estoy debiendo todo el año, pues me manteneis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era esa que estaba ahí tendida?
—Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está vencido, y debemos dar treguas al rencor.
Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente.
—¡Esta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella presa! ¿No dije yo, señor, que no podia salir nada bueno de ese astrólogo? A mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha cogido un venablo.
—¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber, partamos. Necesito curar mis heridas...
—¿Tambien eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en esta maldita corte que se separe un punto de su amo y señor.