—No, Macías, no; yo le maldigo nuestro amor.

—Elvira, pues, á Dios. Mi muerte es tuya, como fue mi vida.

Al decir estas palabras Macías cogió su espada, y poniéndola rápidamente sobre su rodilla, partióla en dos desiguales trozos, que despues de abrir de par en par las maderas de la ventana lanzó contra los que ya trepaban por la reja.

—¡Hernan Perez! gritó: ¡Hernan Perez! Héme aqui sin defensa. La muerte os pido, la muerte.

—¡Macías! esclamó Elvira desasiéndose del Crucifijo, y arrojándose hácia la ventana. Era tarde, empero. Macías se habia lanzado ya fuera de la reja.

—¡Es nuestro! ¡es nuestro! retirarnos: ¡basta! Clamaron á un tiempo varias voces.

—¡Ah! gritó Elvira con una espresion dificil de pintar. ¡Socorro! ¡Socorro!

Al mismo tiempo sonó la llave en la puerta. ¡Él es! ¡él es! gritó Elvira. ¡Santo Dios! ¡Piedad de mí, piedad!

Un chillido agudo y espantoso terminó tan horrorosa escena. El que entró se dirigió hácia la reja, mirando enderredor, y nada descubrió. Tendió en seguida la vista por la habitacion, y solo vió en el suelo el cuerpo de una muger hermosa privada enteramente de sentido.

FIN DEL TOMO TERCERO.