—Ved que los asesinos se acercan acaso ahora... Ah: no me hagais aborrecer la vida: no me obligueis á maldeciros.
—Sí; maldíceme, ahora... ¿mas qué rumor...?
—¡Ellos son, ellos son! gritó Elvira precipitándose hácia la puerta. ¡Los traidores!
Oyóse efectivamente ruido de armas y personas al pie de la reja.
—¡La puerta está cerrada, gritó Elvira, y él solo puede entrar!
—Dime que me amas, esclamó Macías; decídete, en fin, señora, á participar de mi suerte; dime que siempre me amarás; y mi espada aun nos abrirá paso al través de los pérfidos asesinos.
—No, no, Macías: no muera deshonrada, gritó Elvira, sin saber adonde refugiarse. ¡Dios mio! compasion ¡Dios mio! Salvaos solo, Macías.
—Contigo, Elvira.
—Jamas, repuso Elvira, abrazándose á un alto Crucifijo de plata que sobre una mesa lucía. El cielo maldice nuestro amor... y yo...
—¡Silencio! Por última vez. Ved, señora, que algun dia diréis es tarde, es tarde, y diréislo entonces con dolor. Ahora que es tiempo todavia.