Un momento de pausa y de silencio, semejante al que llena de misterioso terror al caminante despues del fragoroso estampido de la exhalacion eléctrica, succedió á las últimas palabras del doncel. Arrodillado á las plantas de Elvira imprimia todavia en una de sus manos, hermosas como el alabastro, sus trémulos labios; no lloraba ya Elvira, no derramaba una lágrima Macías. En las grandes situaciones de la vida no halla salida el llanto. La inmovilidad del mármol, el estupor de la postracion son los caractéres de las emociones sublimes. El silencio entonces es elocuente, porque no hay palabras en ninguna lengua ni sonidos en la naturaleza que pinten el amor en su apogeo, que espliquen el dolor en toda su intensidad.

—¡Elvira! dijo por fin Macías. ¡Cuán desgraciados somos!

—Partid, partid, profirió con trabajo Elvira. ¡No querais, señor, que lo seamos aun mas! Esta es la última vez que nos veremos.

—¡La última! sí; porque la muerte llega.

—¡Ah! no; no los espereis. Ya todo se ha concluido entre nosotros: ahora es cuando os lo digo, sabedlo; os he querido, señor, os he querido, como nadie volverá á querer. Salvadme ahora, despues de esta confesion.

—¡Ah, lo decís por fin! tiempo es aun... decid que ahora me quereis, y huyamos. Pero huyamos los dos.

—No es tiempo ya, no es tiempo. Sed generoso vos ahora: no apure el vaso yo del crímen, y del deshonor. Nunca ya nos hablarémos, Macías...

—¿Nunca, señora...?

—Desistid... ¡por Dios...!

—Os juro que no desistiré.