—Soltad mi mano.

—No: sois mia, y lo sereis.

—¿Y ese es amor tan grande? ¿Me amais vos, y me amais comprometiendo mi honor y mi existencia?

—Sí, porque tú y yo no somos ya mas que uno. Los dos felices, ó desgraciados ambos. Uniónos el amor: la muerte sola nos separará. Volved los ojos hácia mí, volvedlos: inútil es retirarlos: me veis, me veis donde quiera que los volvais: cerradlos, y aun me vereis. Decidme que me amais. Mentid, señora, si no es cierto: decidlo, empero, por piedad, y salgo.

—Jamas, jamas, profirió débilmente Elvira, procurando en vano desasirse de los amantes lazos en que la tenia presa el impetuoso doncel.

—¿Jamas, decís? Pues escuchadme, repuso Macías con el acento de la mas profunda desesperacion. Yo habia nacido para la virtud. Vos me consagrais al crímen. No hay sacrificio inmenso de que no fuera mi corazon capaz, ó por mejor decir, el amor era mi constelacion. Encontrando en el mundo una muger heróica, era mi destino ser un héroe. Encontrando una muger pérfida, Macías debia ser un monstruo. Yo os dí á elegir, señora. Nuestra felicidad, y el secreto y cuanto vos exijiéseis, ó el escándalo y mi muerte. Vos elegísteis lo peor. Escrito estaba asi. ¡Muerte y fatalidad!

—¡Ah! Silencio, silencio. No me maldigas ya: ¡desventurada!

—Sí: todo es ya acabado entre nosotros. Nuestra felicidad ha sido una borrasca: formada como el rayo en la region del fuego, debia destruir cuanto tocara. Ha pasado como el rayo, pero como el rayo ha dejado la horrible huella de su funesto paso. Tu amor, tu amor, ¿quién lo creyera? era el único que no debia dejar mas señales de su existencia en tu corazon de yelo, que las que deja el ave que atraviesa rápidamente el cielo, que las que deja sobre tu labio abrasador este ósculo de muerte, que recibes, bien mio, á tu pesar.

—¡Ah! esclamó Elvira, reluchando inútilmente; soy perdida, perdida para siempre.

—Y mil y mil, añadió frenético Macías; prendas son todos de nuestra próxima muerte. Ellos son, Elvira, la agonía del amor. ¿No sientes el fuego inmenso que encienden en las venas? ¿No percibes el tósigo? Bórralos jamas, olvídalos si puedes, y olvídame despues. Venga la muerte ahora, añadió desasiendo á la infeliz Elvira, que perdidos los ojos en el techo y pálido el semblante, cayó desprendida del doncel sobre el sitial inmediato.